- ¿Dónde estoy?- preguntaba insistentemente sin comprender la situación.
Eran cerca de las 4 de la tarde y él no hacía más que pasearse de lado a lado por el viejo y estrecho pasillo que lo condenaba a evocar una y otra vez sus más preciados recuerdos. -En cada paso abro un mundo- murmuró.
En cada paso abro un mundo. Tengo miedo de abrir los ojos, tengo miedo de cerrarlos. Me amarga el cielo, el sol, el mar, la Luna. Me encierro en mi mundo creyendo en tu milagro, creyendo que volverás a suceder en mi vida, pero estoy condenado a este pasillo. Cada momento, cada atardecer, cada día que estuvimos juntos y echas al olvido, son recuerdos que no se extinguen del todo, pues vienen a parar aquí, al mismo corredor donde me entregaste tu amor tímidamente.
El frío y el humo de su cigarrillo contenían las lágrimas que afloraban de su alma. Sumergiéndose en un mar de palabras y voces que le causaban hastío, y adoptando una particular posición fetal, puso fin a su dolor; la pólvora se mezcló con las cenizas y sólo dejó en este mundo aquella colilla y un amor no correspondido.

Se erizó mi antebrazo entero...
ResponderEliminarSigue así, Felipe, cada día me estremecen más tus escritos :)