Varias veces me he cuestionado el por qué al cerrar los ojos, respirar profundo o mirar al cielo, te puede sobrecoger tanta calma. También me pregunto por qué a su vez, al hacer aquellas cosas, te puedes encontrar con recuerdos preciados o cicatrices que creíste haber dejado en el olvido. No tengo respuesta ni para lo uno ni para lo otro.
De pronto quieres correr con el viento en la espalda, sientes frío y aún así, anhelas quedarte hasta el amanecer, empapado por las tibias gotas que resbalan desde la bruma a tu voz. Luego vuelve ese sentimiento, ese que creíste haber disipado por completo. Creíste que la calma y la dicha vinieron a quedarse junto a ti, pero no hicieron más que lanzarte al viento, te hicieron volar para luego dejarte caer; caer en un mar de recuerdos, a un torrente de voces que quieren escapar -nuevamente- por tu garganta.
¿Te has pillado con la envoltura del silencio de la noche? Sin perros ladrando ni arboles bailando en la oscura tempestad del sol bajo el mar del cielo... Ese silencio que te llena de congojas y te retuerce en el frío, ese recuerdo que te cala hasta los huesos. Probablemente sean sólo heridas, pero de éstas, quedan cicatrices, y así como quedan cicatrices, su recuerdo no me dejará.
¿Será la voz de un alma herida?
Lo malo de construir y habitar en castillos de cristal, es que en algún momento, más temprano que tarde, acaba por quebrarse.
Volví a leer esto por 15º vez...temblé como si fuera la primera...
ResponderEliminarcariños Don Músico :)