viernes, 6 de abril de 2012

"Epílogo"

Tal vez nos queda contemplar el cielo.
Nunca estuvo entre nosotros.
Aun cuando la lluvia se escurrió entre los dedos,
y los dedos capturaron al humo en el sueño.
No sabíamos nada.
Lo miramos porque un amigo
nos reveló el nombre de una nube,
porque una muchacha nos pidió que le eligiéramos una estrella,
o a la salida de la fiesta
creyendo que su rostro nos libraría
de la falsa música y el vino.
Ahora nuestros ojos deben olvidar lo que vieron,
así en niño se olvida de su primer paso, y la luz olvida a la oscuridad,
cuando duerme como una joven bajo la sombra de los castaños.

Miramos el cielo por primera vez,
hasta que se pierde la memoria de ese otro cielo,
cuyo espectro velaban las fúnebres antorchas de los pinos,
o aquel resplandor hizo resucitar el trigo
y relinchar los caballos:
el cielo abierto a nosotros como fruto sin corteza.

Recobramos el cielo,
padre del agua y del fuego
apenas torpes reflejos de la tempestad y el rayo;
el cielo a quien en vano tratan de hablar el mar y las estaciones
con palabras como: peces de oro, oleaje de lomas florecidas.
El cielo cuya imagen tratamos de copiar nosotros
enmudecidos y cegados
al ver que en ella está nuestra verdadera imagen,
hasta que la quietud de la oscuridad nos rodea y aísla.
La quietud de la oscuridad
donde se sumerge el cielo.

                                                        Jorge Teillier.

Dedicado con cariño, a una gotita, de esas que se unen en los cristales del tiempo, para caer con mayor facilidad.

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