Melodías,
melodías que vuelan
con las hojas secas de los versos delicados
que escapan, de cuando en cuando,
del alma de quien se atreve a escribirlas.
A veces pierden su color
o es quien las dibuja el que perdió los crayones
con que coloreaba las sonrisas de Acuarela
y de los cielos celestes con sus blancas bufandas infinitas.
Sí, los colores se desvanecen,
las melodías pierden intensidad pero no su dirección;
entran a un túnel como un relámpago que escapa del infierno
para quedarse atrapado en nuestros sueños.
Se desvanecen,
como las hojas que se lanzan al vacío;
saben que caerán y mientras lo hacen -lentamente-
su perfecta y minuciosa agonía les alivia el dolor
de haber sido arrebatadas de la escena
que transcurre
mientras un par de enamorados
se besan frente al semáforo que está trabado en rojo
y les permite sentir que el tiempo -por fin- se detiene.
Es la Luna de los ángeles caídos,
la que canta y estremece los sentidos
del poeta atolondrado que se aferra a la zamba
del olvido,
que se aferra a la zamba del olvido.
